Valle de Bravo: Guadalupe Loaeza

Hablemos de un lugar mágico, de un sitio bendecido por la naturaleza y de un pueblo lleno de tradiciones, flores, hongos, tarritos de barro, canastas de mimbre, campechanas bien doraditas y muchas mariposas.

Hablemos de un lugar que tiene la virtud de darle gusto a todo aquel que lo visita: a los deportistas, a los ecologistas, a los artistas, a los enamorados, a los amantes de la música, a los gourmands, a los que quieren volar por los cielos, o bien, por un maravilloso lago en un bote de vela, sin olvidar naturalmente a los que buscan un poco de paz para leer, ver películas o simplemente cocinar para la familia.

Todo esto lo ofrece Valle de Bravo.
Que cómo lo sé.
Porque he vivido allí.
Porque durante tres meses, con toda la seguridad del mundo, pasee por sus calles a todas horas del día, porque conviví con los vallesanos, porque descubrí los restaurantes más deliciosos que una se puede imaginar, porque allí compré el rebozo más bonito que tengo, porque sus tortillas recién hechas son riquísimas, porque sus puestas de sol son inolvidables, porque sus alcachofas y zarzamoras son para para chuparse los dedos, porque allí sí crecen las verduras orgánicas, porque los fines de semana se hacen muy cortitos, porque cuando una va a la plaza, toda adoquinada sin coches, se puede escuchar en el kiosko, mientras se come pedacitos de chicharrón, a los mariachis; porque últimamente han abierto unas boutiques de antigüedades, de decoración, de ropa mexicana y de artesanía sumamente sofisticadas.

Porque allí, en Valle de Bravo, es donde mejor me inspiro, respiro y duermo como en ningún otro lugar de la República, además de que siempre estoy de buen humor.
Porque en La Europea de Valle hay de todo: queso Boursin, mermeladas de Fauchon, jamón serrano español, queso Oaxaca, pastas, vinos, galletas, chocolates, ensaladas y baguettes como las de París.

Todo el mundo en Valle es amable, las marchantas del mercado, las mazahuas con sus faldas tricolores que venden sus bordados, los meseros de los restaurantes, la señora de la fruta, el muchacho de los pollos "Río", los franceses que hacen comida para llevar, Pancho el fabricante de las bolsas y de cinturones de piel más originales del mundo, don Cirilo el responsable de Plaza Valle y el jardinero que se ocupa de la terraza del pequeño chalet que rento.

En Valle hay galerías de arte, tiendas de velas, joyerías como la Daniel Espinosa, hay una librería como la que hay en el museo de Louvre y tres iglesias coloniales del siglo XVIII.
En Valle, hay monjitas, budistas, masajistas, maestros de yoga y excelentes temascales.
En Valle, se pueden apreciar las residencias más espectaculares que una se puede imaginar.
Allí están las casas de espléndidos arquitectos mexicanos de fraccionamientos como La Peña, Izar y El Coporito.

Las mariposas monarca de todo el mundo están, como yo, enamoradas de Valle, por eso vienen a invernar y no se quieren ir a otros países, y como ellas lo hacen, los turistas también pueden volar sobre las montañas gracias a las alas de los parapentes.
Dicen que las regatas de Valle son las más divertidas del mundo.
El hotel Misión Refugio del Salto, con su extraordinaria cascada y la atención personal de mi amigo Alfredo Rosas, cuenta con un spa como de Pompeya antes de la erupción del Vesubio.
Haber disfrutado de los masajes ha sido la mejor experiencia que he tenido desde hace mucho tiempo.

No, no quiero hacerle publicidad a Valle de Bravo, pero es que no puedo dejar de reconocerle tantas bondades que me ha regalado desde hace casi dos años.
¿Veré todo tan bonito en este pueblo que se cae de tanta magia porque allí vive mi nieta con sus papás que saben crear, como por arte de magia, jardines preciosos? ¿O será porque fue precisamente en Valle donde escuché por primera vez al gran violinista israelí-estadounidense Itzhak Perlman, tocando Mozart y Mendelssohn, con un extraordinario escenario del lago? Fue gracias al XVI Festival Internacional de Música y Ecología que más de 3 mil personas pudieron disfrutar de este concierto único.
Algo que también me hizo muy feliz en Valle sucedió apenas el sábado pasado.
Bajo un manto de estrellas, en la Alameda del Bicentenario concluyó la tercera edición del Festival Internacional de Cortometrajes Valle de Bravo en Corto.

Público, jurados e invitados especiales nos dimos cita a ver la última función y presenciar la ceremonia de premiación.
De entre cerca de 600 cortometrajes de diversas nacionalidades se escogieron 16 de ficción, 6 de animación y 6 de documental.
El jurado conformado por la actriz Vanessa Bauche, la escritora Maricruz Patiño, el actor Andrés Montiel, el productor y director Juan Farré y la arriba firmante, tras una ardua deliberación decidimos otorgar como ganadora al mejor cortometraje Guet-Apens (Francia); mejor fotografía, dirección y banda sonora fue para La victoria de Úrsula (España); Azalia Ortiz se llevó el premio como la mejor actriz, con La Tuna ( México).
Y como mejor cortometraje documental El tren de las moscas (México).

Por su parte la guapísima Vanessa Bauche recibió el trofeo de honor que cada año se otorga a algún personaje reconocido dentro de las artes por su trayectoria.
Una vez que entregamos los premios, comimos palomitas y bebimos cervezas bien frías, mientras a lo lejos se escuchaban los grillos de todo el Estado de México.


No, no quiero hacerle publicidad a Valle de Bravo.
No la necesita.
Si no me cree, compruébelo usted mismo.


Recuperado de: http://www.elmanana.com/diario/post/1581432

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